Sientes curiosidad por los vestigios de la arquitectura alienígena en Marte? Por el mensaje intergaláctico escondido en las pirámides egipcias? Y por las maquinaciones secretas del gobierno para conducirnos a un estado policial? Si es así, Matt Bellamy, el cantante y guitarrista de Muse, obsesionado con las teorías conspirativas, es tu hombre.

Te puede explicar, sobre la vigilancia cerebral: “Puedes cruzar por los rayos X de un aeropuerto, ir a un restaurante, meterte un cuchillo en el bolsillo y subirlo a bordo. Está claro que realmente no les importa la seguridad. Es sólo una manera de cansar a la gente, de hacer que tengan miedo y prepararles para ponerles un microchip. O sobre seres celestiales: “Mira cómo tantas religiones se refieren al cielo, a los dioses descendiendo del cielo. Me parece lógico que tengamos alguna conexión con el espacio exterior”.

Sentados para comer poco antes de que Muse toquen en el Hard Rock Hotel & Casino de Las Vegas, Bellamy expone un urgente argumento para todo tipo de escepticismo, especialmente en lo que concierne a asuntos de control mental por parte del gobierno y/o sondas rectales marcianas. Sus preocupaciones no son ninguna sorpresa para los familiarizados con su música. Durante casi 10 años, el trío de Teignmouth, Inglaterra (Bellamy, el bajista Chris Wolstenholme y el batería Dom Howard), ha estado haciendo un rock pomposo sobre un apocalipsis inminente, civilizaciones perdidas, y más apocalipsis inminente.
Los intereses extraterrestres de Bellamy también explican porqué, cuando Blender les ofreció 848$ para gastar como quisieran, Muse decidieron comprar un puñado de disfraces de alien y un castillo inflable gigantesco, y montar un alter-party en medio del desierto de Mojave. A las 2:30 de la madrugada. Para 15 personas. Lo que mejor podría explicar esta decisión, sin embargo, son los 150$ de setas psicodélicas (no financiadas por Blender, por si el gobierno secreto siente curiosidad), que la banda ingerirá poco después de llegar a su castillo de helio. Se proponen hacer un viaje todo lo alucinante que puedan: “Querrás ver algo que jamás has visto antes”, explica Bellamy.

Muse, que están de gira promocionando su aclamado álbum conceptual Black Holes & Revelations, insisten en que no toman drogas alucinógenas muy a menudo. Howard dice que, como las setas crecen en los bosques del sureste de su Inglaterra natal, pues las han tomado “unas cuantas veces”, pero “no durante años”. Sin embargo, cualquiera que haya visto el fantástico video de 6 minutos del single Knights of Cydonia, podría ser perdonado por sospechar lo contrario: el clip yuxtapone luchas kung fu, pistolas láser, tías buenas montadas en unicornios y enfrentamientos al estilo del salvaje oeste (y también demuestra que, para sus serias preocupaciones, Muse tienen un enorme sentido del humor).

La primera parada de la noche es Halloween Mart, un emporio de disfraces. “Hemos optado por un ambiente porno suave en plan Área 51”, dice Bellamy mientras él y sus compañeros de banda se despliegan por los pasillos (del castillo inflable). En lo más alto de la lista de compras: máscaras alienígenas y, para las chicas que han invitado a unirse a su fiesta en el desierto, minifaldas brillantes con forma de platillo volante que Judy Jetson podría llevar en una noche como prostituta.

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La pureza de la visión futurista de Bellamy se pierde, sin embargo, una vez que la banda posa sus ojos en la variedad de disfraces a la venta: jóvenes mozas medievales, payasos diabólicos, una mano gigantesca que se pone sobre el torso… “No caí en que este sitio iba a ser tan extenso”, dice Wolstenhomme, manoseando un traje de doncella francesa. Echa mano a una papelera de bigotes de pega mientras Howard coge un disfraz de Spiderman, “siempre he querido uno de éstos”, y Bellamy se pone una máscara brillante de pirata, un poco Jack Sparrow, un poco Liberace. Ampliamente surtidos, vuelven al Hard Rock para el concierto.

La extravagancia de las setas se vuelve a convocar a las 2 de la mañana en el vestÌbulo del Hard Rock. Nos acompañan dos chicas muy habladoras, con el pelo en plan cuervo, a las que ninguno de la banda parece conocer demasiado bien, ni las chicas de The Like, el trío de Los Ángeles que está de gira con Muse. El publicista de Muse nos informa de que todos están totalmente colocados, y están animadísimos, ciertamente. “Las setas son como un viejo amigo”, dice Howard. “No las hemos tomado durante un tiempo, pero siempre son bienvenidas”. Con una sonrisa permanente, Wolstenholme coge una cerveza, alza la botella y grita “Vamos!”.

El castillo inflable (rojo, amarillo y azul) ha sido instalado a media hora en coche de Las Vegas, iluminado con luces gigantescas y rodeado de cantos, tumbleweeds (estos hierbajos secos que se van enrollando con el viento del desierto, típicos de las pelis del oeste), y, en la distancia, una formación rocosa rojiza, apenas perceptible en la oscuridad. Cualquier camionero que pase zumbando por las inmediaciones de la Ruta 15 que vea la cuadrilla de juerguistas, vestidos de Barbarella, a lo Kill Bill, de extraterrestre, de payaso, de mano gigante, y, en cuanto a la chica nº 1 de peinado a lo cuervo, con un revelador traje al estilo Little Bo Peep, podría pensar que ha visto un espejismo.

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Todos se quitan los zapatos, entran corriendo al castillo y se ponen a saltar arriba y abajo, riéndose a carcajada limpia sin parar durante aproximadamente 15 minutos. El aire está lleno de serpentinas, silly string, y voces de gente colocada. “Aquí se está como en el espacio”, dice Howard. “No… no hay… concepto de gravedad”. Se toma un descanso después de tanto saltar y se queda mirando fijamente en la oscuridad, absorto en una profunda concentración. Al final dice, “Me voy a esos matorrales”, y desaparece. Bellamy dice algo de que “la psicología situacional es mucho más importante de lo que la gente se piensa”. Wolstenholme sólo sonríe abiertamente e intenta, sin éxito, mantener el equilibrio.

Las cosas cada vez se ponen más incoherentes. Bellamy y Charlotte Froom de The Like corren alrededor del castillo lanzando toallitas de papel. Bo Peep sigue enseñando el tanga. Howard, de vuelta de los matorrales, se materializa montado en un gigantesco tractor oxidado, ondeando dos bengalas en el aire. “¿Van a explotar?”, pregunta.

A las 5 de la madrugada hemos llegado a la fase “te quiero, tío” de la fiesta. La gente anda en círculos despacio, buscando sus zapatos. Un punto de reflexión aparece en la voz de Bellamy mientras hace un repaso de la noche, una cena llena de teorías conspirativas, un concierto dedicado al tema del destino inminente, después una fiesta con setas. “Nos tomamos la vida en serio”, dice, cogiendo unos hierbajos espinosos de la palma de la mano. “Pero la vida es demasiado corta para tomártela demasiado en serio. Ahí es donde entran los castillos infalibles”.

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