Organart-zine – Origin of Symmetry Review [Junio 2001]

(…) Es un trabajo impresionante, muy logrado. Muse son ahora los indie-Queen en el sentido más positivo. Origin of Symmetry es un álbum ambicioso, lo que en cine sería una película de Fritz Lang (…) Es una delicia nu-prog de principio a fin (…) Es valiente, grandioso (…) Es un álbum auténticamente rock, no un álbum de nu-metal desechable que será olvidado en 18 meses, un buen disco de rock, en serio, un álbum empapado de pomposidad, de réquiems por los que evolucionan eternamente, un álbum del que se seguirá hablando dentro de años, como los discos de Queen, Genesis o Led Zeppelin ahora, un álbum que seguirá siendo amado mucho, mucho después de que cosas como Papa Roach sean olvidadas. Muse ya no son una pequeña banda indie inglesa; Muse ahora son serios aspirantes internacionales. Cuando la mayoría de las bandas de rock están perdiendo el norte, y cuando el mundo está plagado de grupos de usar y tirar como Limp Bizkit, Muse de repente lo están haciendo realmente bien (…) Muse son el renacimiento del rock progresivo cool, no son los indie-Queen, SON los nuevos Queen. Muy, muy recomendable.
Sean Worrall

NME – Origin of Symmetry Review [Junio 2001]
El interior del libreto del segundo álbum de Muse contiene una ilustración de Darrell Gibbs que muestra a unos humanos marchando hacia un gigantesco cubo blanco. Por encima de la puerta, en letras pequeñas, se lee “Caos” en una señal. Bienvenidos a la bonita pesadilla de la más distorsionante y caricaturesca banda de barrock’n’roll que ha parido Gran Bretaña.
Ahí está su afilado cantante, Matt Bellamy, que parece un muñeco de peluche disecado, colgando de la araña de su pretenciosa habilidad musical, con electrodos taladrándole el cerebro, cantando como una arpía en llamas, tocando con sus pies a funeral en un órgano descomunal. Ahí están el bajista Chris Wolstenholme y el batería Dominic Howard, sonando como el grupo de apoyo de Edvard Munch. Y aquí se despliega la profana, expresionista e hiperemocionante visión temida por todos aquellos que esperaban que la banda fuera simplemente Radiohead con complejo de Freddie Mercury.
En dos años de vida pública Muse han acumulado una mitología de alta presión. Medio millón de copias de su álbum de debut, Showbiz, y un anuncio para iMac a la vista, han dejado una totémica huella de equipos destruidos, han confesado que les gustan las setas alucinógenas, las sesiones de espiritismo, la Gran Misa de los Muertos de Hector Berlioz, y han anunciado, “Si no pudiera hacer esto, no querría vivir”.
Las apuestas eran muy altas. Su reinvención del grunge como rock neoclásico, gótico, futurista, lleno de ardientes pianolas y una electricidad rabiosa y afectada, es una empresa difícil. Pero en cuanto empieza a sonar el fulminante riff de Newborn, chocando con el piano de cuento de hadas de Bellamy, parece que Muse saben cómo abordar sus brutales arias.
Casi todo en Origin of Symmetry es exagerado, pero con Matt a las riendas de una sucia banda restringida a tres miembros, lo operático se canaliza de manera devastadora. Bliss es todo riffs sanguinarios y una letra placenteramente corrupta sobre la envidia de la inocencia. Space Dementia representa la maestría de Bellamy al piano contra el rock más abrumador. Hyper Music arde con una furia genuinamente punk, art punk.
Dados los intensos tonos de la paleta de Muse – pureza, demencia, corrupción, conciencia virtual, Bach, metal y aullante locura – no sorprende que lo suyo sea rizar el rizo. Resulta curioso o extraño oír a un Bellamy alegre cantando a las mariposas, literalmente, en Feeling Good, mientras que el órgano de la fuga final parece sacado de una película de terror de la Hammer, aunque la canción se llame Megalomania. Pero, en Dark Shines, Screenager, Microcuts en particular, y por supuesto en Plug In Baby, añaden, de forma implacable, originales bordes dentados a la faceta más histérica del rock extremo. Es increíble que una banda tan joven venga cargada con toda una herencia que incluye las visiones más oscuras de Cobain y Kafka, Mahler y The Tiger Lillies, Cronenberg y Schoenberg, y que hagan al mismo tiempo un álbum sexy y populista. Pero Muse lo han conseguido. Es su Siamese Dream.
Ahora empieza el psicoanálisis. Si la palabra que menos le gusta a Thom Yorke es “angustia”, entonces Matt Bellamy está a punto de ser “psicótico”. Somos los afortunados que consiguen ver las bonitas formas que se dibujan cuando la sangre salpica la pared. Sobresaliente.
Roger Morton

Rocksound – Origin of Symmetry Review [Julio 2001]
Si Origin of Symmetry, el segundo álbum de Muse, no fuera tan obviamente genial, sería imposible no partirse de risa por la pretenciosidad de todo él.
Matt Bellamy y compañía han alcanzado cimas a las que sólo han llegado Queen con su Bohemian Rhapsody, asequible para el público común. Quién habría imaginado que un niñato esquelético como Bellamy sería el hombre que mejor calzara esas botas que quedaron vacías desde la muerte de Freddie Mercury.
Puede que Muse no sean Queen, pero en su líder tienen a alguien con la voz y la actitud más apropiadas para barrer los suelos sin la autocomplacencia que ha perdurado demasiado tiempo en nuestras sucias, sucias calles…
Este es el hombre, esta es la banda, que salvará la música británica.
Como intérprete, como artista, Bellamy no sólo es igual a sus contemporáneos, sino superior. Origin of Symmetry es la prueba concluyente de que Inglaterra puede, una vez más, atribuirse la mejor y más versátil banda del mundo.
Hay algo, ciertamente, que mantiene a todos interesados. Muse hacen heavy metal (Citizen Erased), pop (Plug In Baby), ópera (Microcuts), bandas sonoras (Dark Shines), y aún así son inclasificables, porque, todo mezclado, esos géneros no suenan como habían sonado hasta ahora. Toda esta emoción, toda esta música, todo, así junto, no debería funcionar, pero funciona. Oh sí.

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