Cómo tres colegas raritos de Devon retaron a la escena pop. Y ganaron.

Descansando al lado de la piscina de un hotel de Sunset Strip hay un turista británico en pantalones cortos y calcetines de rizo, de aspecto débil y delgaducho. Su cara de roedor olisquea el aire de Los Ángeles, como si buscara comida. Es la hora del almuerzo, y no hace mucho que se ha levantado. Su pelo alborotado, despeinado por la resaca y la almohada, se mueve con la brisa. Una camiseta un tanto pasada de moda cuelga de sus exiguos hombros. Este inglés paliducho, de 1,67m de estatura, invisible si se pone de lado, no se acercará al agua a no ser que algún chulazo de los que están tomando el sol se le siente encima.

Es Matt Bellamy, en las antípodas de lo que conocemos como una estrella del rock. Cantante y compositor, pianista y guitarrista, le gusta tocar la guitarra por detrás de la cabeza. Entusiasta de la ciencia-ficción, le gustan las teorías de conspiraciones. De 32 años, anteriormente pintor y decorador (“todo se centra en los preparativos”, confirma), le preocupa tanto el fatal destino inminente del mundo, que ha llegado a almacenar provisiones de comida liofilizada para dos años. Lo tiene todo guardado en el sótano de su casa en el Lago de Como, Italia. George Clooney es uno de sus vecinos.

Su banda, Muse, son los raritos que han heredado, si no la Tierra, al menos los corazones, mentes y el dinero de las entradas de los conciertos, de la juventud mundial. Y de los no tan jóvenes también, cada vez más. Este mes, el trío de la pequeña localidad de Teignmouth, Devon, 14.413 habitantes, también reclaman su trozo de tierra en el Pyramid Stage del festival de Glastonbury, festival que encabezan con un concierto en la noche del sábado, la grande. Es un momento prometedor para estos amigos del colegio, Bellamy, el batería Dom Howard, de 32 años, y el bajista Chris Wolstenholme, de 31. ¿Cómo superarán Muse, conocidos por sus conciertos espectaculares, sus actuaciones normales en esta ocasión especial? “Estamos pensando en una orquesta”, dice Bellamy.

Es difícil imaginar a este pringado flacucho acaparando la atención de 100.000 espectadores. Pero ponle sobre un escenario, apoyado por láseres, torres, campanas, silbidos y acróbatas ocasionales que han ayudado a que Muse se convierta en una de las más grandes bandas en directo del momento, y Bellamy gana en estatura. Dicen que la televisión añade como unos cuatro kilos y medio al que aparece frente a la cámara. Los conciertos de Muse, tanto en pabellones como en estadios, añaden medio metro largo, y un aura de grandeza a su líder. Y ahora que Bono se ha hecho daño en la espalda, por lo que U2 no tocarán el viernes, el líder del trío de rock pomposo, considerado como la mejor banda británica del planeta en 2010, será el rockero más destacado de este festival, el más importante del verano.

A lo largo del año pasado Muse han saltado a la cima de la primera división del rock. The Resistance, su quinto álbum, ha vendido 2.600.000 copias, propulsado por su single principal, Uprising. Han grabado una canción para la próxima película de la saga Crepúsculo, la tercera ya, consiguiendo así un hat-trick de apariciones en la banda sonora de la franquicia vampírica. En 2007 fueron la primera banda en tocar en el nuevo Estadio de Wembley. Lo vendieron todo, por dos veces. Muse tocaron para 150.000 fans y varios trapecistas que volaban en globos sobre el escenario. Según Muse, un trabajo que se precie hay que hacerlo con un entusiasmo exagerado.

Ocurre lo mismo, en cierta manera, cuando Bellamy trata de actuar como una estrella del rock fuera del escenario. Incluso cuando se viste de una manera que él imagina apropiada para un ídolo pop millonario, que es lo que es para la apasionada legión de fans de Muse, lo hace un poquito mal. Él y sus colegas de banda salieron la otra noche a un bar de Los Ángeles y se toparon con Rod Stewart. Por una de esas tristes coincidencias, Bellamy llevaba exactamente la misma ropa que el sexagenario: unos pantalones negros de raya diplomática, un chaleco y una chaqueta gris.

Aún así, eso mejora bastante los pantalones que lleva puestos la semana que paso con Muse en Los Ángeles, en el Coachella Festival, y luego en México: unos pantalones de sport de estampado moteado que parecen comprados en un C&A en los primeros ochenta. Y por supuesto mejora lo que tuvo que ponerse una vez en los Q Awards por no poder entrar en su propia casa. “Una camisa floreada, unos pantalones de chandal rojos, de Adidas, y un extraño gorro plateado. Mi traje de paisano”, recuerda Bellamy sobre el atuendo que llevó para recoger un premio de la revista musical. “Se me vio el plumero, la verdad. No tengo un grupo de rock. Para nada. Sólo soy un pobrecillo con ropa divertida”.

Si Radiohead te parecen demasiado cool, Coldplay demasiado sensibleros, y U2 un poco pasados, entonces Muse son tu banda. Suenan a una mezcla entre Queen y Abba, rimbombantes, operísticos y a la vez ridículamente melódicos, y tan apartados de la moda como parecen, después de llevar años de vuelta de todo, resultan extrañamente actuales. “Tom Waits y la ópera, dos de mis entornos teatrales favoritos, donde el diseño del escenario es muy dramático, teatral, interesante”, dice Bellamy, un hombre que actúa con gafas de sol de luces. Su otra motivación a la hora de gastarse una fortuna en montar un escenario: “no querer hacer lo mismo que los demás”.

Después de Glastonbury, Muse harán otra gira mundial de estadios. “Estamos construyendo una pirámide gigante, con un ojo arriba del todo, y tocamos dentro de ella”. Bellamy también llevará puesto un traje sobre el que se pueden proyectar películas. El cantante será mitad leyenda de la guitarra, mitad televisión. Será el primer artista en poner sus manos en un traje así. “Lady Gaga quiere uno, pero nosotros hemos llegado antes”, nos confía, orgulloso. ¿Algo más? “Va a aparecer un ovni y dará a luz a un extraterrestre, volando sobre el público. No es coña”.

Muse ya fueron cabezas de cartel en Glastonbury en 2004. Pero incluso Wolstenholme admite que no estaban muy seguros de merecerse tal honor. “No sabíamos si estábamos preparados. Y la prensa decía, “De qué va todo esto? Quién se creen que son?”. Hay otra sombra planeando sobre la última actuación de Muse en Glastonbury: poco después de ver a la banda en el Pyramid Stage, el padre de Howard sufrió un colapso y murió de un infarto.

“Fue a la vez el mejor y el peor momento de mi vida”, dice el batería en voz baja. “Para mí es un poco raro volver, la verdad. La gente dice, “Vas a tocar en Glastonbury, va a ser genial, no?”, y yo contesto, “Bueno, no sé, puede ser una puta mierda, puede que no lo disfrute”. Wolstenholme lo recuerda: “Fue un subidón enorme, y un bajón enorme al mismo tiempo. Va a resultar raro volver, pero puede que necesitemos ser capaces de asociarlo a un recuerdo feliz. En aquel momento fue probablemente el mejor concierto que habíamos tocado. Y por desgracia no se recuerda por eso”.

Glastonbury será, sin duda, un reto en muchos aspectos. Este año vienen la madre y la hermana de Howard. “Será un momento muy emotivo para la familia, eso seguro. Pero ya sabes, la música es algo muy grande. Puede darte emociones muy positivas, tanto si la haces como si la escuchas. Es la única razón por la que vuelvo, tocar. No creo que vaya a salir por ahí. Sería raro. Los chicos hablan de salir el fin de semana, pero no creo que pueda hacerlo. Sin embargo, tocar para todos esos fans será lo que haga salir ahí y superarlo”.

Muse no han seguido el camino convencional hacia el éxito. Mientras otros grupos se han plantado en medio de la carretera del rock como disparados por un cohete, Muse han ido por los arcenes, por el carril de los lentos, a su ritmo. Al pasar desapercibidos en la industria discográfica mainstream, se fijaron en un estudio de grabación de Cornualles para grabar sus primeros EPs. Cuando finalmente consiguieron firmar un contrato, fue con una pequeña discográfica.

En los círculos musicales más de moda, se burlaban de ellos, les consideraban unos paletos provincianos del oeste que se sobrevaloraban, que hacían canciones ridículas con títulos como Space Dementia o Apocalypse Please. Decían que hacían burdas copias de Thom Yorke y compañía. Eran freaks del prog-rock y tenían excéntricos solos de órgano para demostrarlo. Si te gustaban Muse, también te gustaba World of Warcraft y probablemente se metían contigo. Si te gustaban Muse, no molabas. Bellamy, Howard y Wolstenholme lo sabían, pero no les importaba. De hecho, casi estaban orgullosos de no seguir ninguna moda y de poder andar por la calle sin ser reconocidos. Pero por qué se les veía tan apartados?

“Nuestra música era demasiado rara”, dice Howard encogiéndose de hombros. “Muchos grupos vienen con el equipo completo: un primer álbum genial, buenas canciones, una imagen molona, la actitud correcta… Lo tienen todo. Nosotros, en cambio, éramos unos chavales, de Devon, para más inri, que no sabíamos hacerlo mejor. Aprendimos paso a paso. No éramos la nueva-banda-que-mola. Así que siempre hemos sido un poco marginales. Todavía lo somos”. Además de tener esa actitud de llevar siempre la contraria, Muse también son horteras ocasionales. Preguntamos a Bellamy si el verano de 2010 es un momento dorado en la vida de esta poco ortodoxa banda y contesta: “Bueno, siempre ha sido un poco… beige”.

Los nombres de los grupos del colegio donde tocaron por separado los tres miembros de Muse no auguraban un gran éxito futuro: Gothic Plague, Carnage Mayhem, Fixed Penalty. Pero en 1994 Bellamy, Howard y Wolstenholme se juntaron y formaron un trío. Eran los Rocket Baby Dolls y el mañana les pertenecía. Sólo que no fue así. Fueron sensatos y rápidamente se cambiaron el nombre a Muse. Decidieron renunciar a la universidad en favor de quedarse en Teignmouth y conseguir un fuerte seguimiento local. “Entonces todos nuestros amigos se fueron a la universidad y nos quedamos sin fans”, recuerda Howard. “Tuvimos que empezar de cero, hacer tantos conciertos como pudiéramos en el área local. Estuvimos así cinco años”.

Tuvieron que trabajar mucho. Bellamy señala, “Todos venimos de la nada. La gente no piensa eso cuando nos ve. Probablemente piensan que somos universitarios o chicos adinerados de clase media. Pero nuestros padres vienen de la Inglaterra trabajadora del norte”. Los padres de Bellamy se divorciaron cuando él tenía doce o trece años, y tiene un hermano en Leeds y una hermana en Sheffield. “Nuestros orígenes son un poco más duros de lo que la gente se imagina cuando nos ve”, continúa, “especialmente cuando nos ve en el escenario, cómo vestimos y cuando oye las gilipolleces que decimos. Pero ese origen significa que aguantamos los tiempos difíciles mejor que otra gente”.

Desde muy pronto Muse se forjaron una reputación de banda que hace muchos conciertos. Después del colegio, Bellamy dejó su carrera como pintor y decorador, y abandonó su otro sueño: volar en su jetpack, con el que planeaba convertirse en “cámara extremo”, rodando conciertos y eventos deportivos. En vez de eso, la banda lo era todo. Y todavía lo es. Muse son extremadamente protectores con su marca. Cuando Céline Dion llamó “Muse” a su espectáculo de Las Vegas, le pusieron una demanda y ganaron.

Respecto a Wolstenholme, este estilo de vida que te consume por completo, le ha pasado factura. En parte, esto se debió a que su mujer se quedó embarazada de su primer hijo justo cuando Muse firmaron un contrato discográfico a finales de 1998. Como no eran precisamente la banda más de moda de Manchester o Londres, y por tanto no podían confiar en el favor de la prensa o la radio, “nuestros managers y discográfica nos tenían haciéndolo todo nosotros mismos. No tienes voto sobre lo que quieres hacer, y les importa una mierda el tiempo libre, o la familia; lo único que les interesa es ganar el máximo dinero posible”.

Para empeorar las cosas, Wolstenholme se convirtió en un bebedor compulsivo. Me lo revela de forma natural y espontánea, al final de nuestra primera entrevista, en el opulento hotel de Desert Springs donde se aloja la banda, a unas millas de donde tiene lugar el Coachella Festival. “Al principio estaba peor de gira, pero en casa llegué a un punto en que me di cuenta de que no tenía porqué estar sobrio, porque no tenía conciertos. Así que fue como tener licencia para beber todo el tiempo. Me levantaba por la mañana y me llenaba una pinta con la mitad de cualquier bebida alcohólica que encontrara por casa, y lo rellenaba con algún refresco para que nadie supiera lo que estaba bebiendo”, confiesa.

Este “desayuno” solía seguir con “otras diez o quince pintas en un día, incluso estando en casa. Luego por la noche me pasaba al vino, dos botellas. Normalmente terminaba el día tal y como lo empezaba, me llevaba la pinta a la cama, me bebía media, y así siempre tenía algo al lado esperándome para la mañana, jajaj”, ríe, nervioso.

Wolstenholme repite este relato sobre cómo tocó fondo con su adicción casi palabra por palabra cuando nos volvemos a ver en el backstage del estadio de Foro Sol en México. Sus ganas de contarlo todo son señal del buen carácter, directo y afable, del robusto y tatuado bajista, que sacará fácilmente unos 30 cm a Bellamy y a Howard juntos. También demuestra el hecho de que Muse haga tan pocas entrevistas últimamente; no las necesitan, y su equipo de publicistas en Estados Unidos, Q Prime, que también llevan a Red Hot Chili Peppers y Metallica, hacen piña a su alrededor y les protegen hasta límites ridículos. Sospecho que su afán conversador es también un aspecto del doloroso proceso de rehabilitación que inició mientras hacían The Resistance.

“Estaba bastante mal, pero un día me di cuenta de una cosa: mi padre murió a los cuarenta años de alcoholismo, y yo iba por el mismo camino. Iba por tan mal camino que me pregunto si ahora mismo estaría vivo”. El terapeuta de Wolstenholme le dijo que la bebida era “mi manera de canalizar la negatividad que había en mi vida, fuera lo que fuera”. Al desintoxicarse, “pasé una semana sin dormir, con temblores, como si fuera a desmayarme. Fue horrible. Pero por suerte tenía cinco meses para echar todo eso fuera de mi organismo antes de ir de gira”.

“La verdad es que sí que noté que funcionaba”, continúa Wolstenholme, que sostiene un café con hielo, “Mi nueva droga”, las uñas mordidas. “Entonces empezamos la gira, y fue como dejarlo todo otra vez. Tuve que pedir que quitaran el mini bar de la habitación del hotel. Tengo mi propio autobús de gira para no tener que estar con los otros. No quiero ser un aguafiestas. Es mi problema, no es justo arrastrar a los demás también”. Dice que todavía lo encuentra difícil. “De gira se sale mucho de fiesta, y a veces te sientes un poco desplazado, no puedes unirte, pero tienes que pensar las cosas realmente importantes de la vida, como tu familia, tus hijos”. Por cierto, el quinto viene de camino.

Lo cierto es que Bellamy no ha bajado el ritmo en esto de ir de fiesta. Cuando hablo con él en México, lleva una resaca monumental. Después de dormir tres horas, se esconde tras unas carísimas gafas de sol, y a pesar de llevar siete semanas de gira por América y tres días en México, está más pálido de lo normal. Anoche amenizó a 55.000 mexicanos enfervorizados con una actuación épica y colosal de rock barroco. Se relajó bebiendo con el equipo hasta las ocho de la mañana.

En nuestra segunda entrevista, en Coachella, Bellamy había hablado de los libros que se habían colado en la composición de The Resistance, tales como Blood Meridian, de Cormac McCarthy, del cual dice que “se adentra hasta el fondo del lado oscuro de la guerra”. Por consiguiente, hay “un cierto espíritu de lucha, supongo, en canciones como Uprising. Siempre he tenido un sutil interés por las guerras a través de mi familia”. Cuando le pregunto qué quiere decir con eso, explica que su tío y su padre estuvieron en la Royal Navy, y que “su otro hermano era un tipo muy militar. Le dispararon los del IRA”.

David Bellamy, brigada del Regimiento del Duque de Wellington, según nos informan, fue asesinado a las puertas de una comisaría de la Policía de Irlanda del Norte, en octubre de 1979. “Fue un hecho de bastante trascendencia en aquel momento”, dice su sobrino, que entonces tenía 16 meses de vida, y que nunca había hablado de esto anteriormente. “Por lo que sé, estaba trabajando de incógnito, y después se descubrió que estaba en las Fuerzas Aéreas. Todo era muy sospechoso. Le pegaron 80 tiros con una metralleta. Fue una declaración de principios”.

Bellamy ha hecho sus propias investigaciones sobre el tiroteo. “Conozco gente de dentro que me han dado cierta información”. Al contrario que los informes oficiales, él no cree que el IRA fuera el responsable. “Definitivamente es algo que me influyó. Es lo que me llevó a interesarme por cosas como las operaciones encubiertas (diseñadas para que parezca que están hechas por otros). La mayoría de la gente se sorprendería por lo que está pasando. Esa frase de Jack Nicholson en Algunos Hombres Buenos (A Few Good Men), “No puedes con la verdad”, es cierta. Los militares son capaces de descubrir a su propia gente si quieren. No puedes evitar hacerte preguntas”.

Después de México, el equipo de gira de Muse, que asciende a 80 personas, 165 para la gira de estadios, y que tiene como núcleo a una familia de asociados conocidos de Devon, se dispersa para tomarse un par de días de descanso. Luego se reúnen para la gira de festivales y estadios, aunque la gira total son 16 meses. Debido a la nube de ceniza volcánica, Wolstenholme puede que tenga que reunirse con su mujer e hijos en Devon haciendo escala en Madrid y cogiendo entonces un autobús requisado por el tenista Greg Rusedski. Howard vive en el sur de Francia, pero puede que se dirija a Los Ángeles. Bellamy también lleva planeando una estancia en Los Ángeles. Ha estado viendo casas, incluida la vieja mansión de Christina Aguilera.

“Estoy pensando en irme seis meses a Los Ángeles, a derrochar, a irme de juerga. Parece que es el momento ideal para hacer locuras, cosas vergonzosas”, dice Bellamy. “Alquilaré una casa ridícula al estilo El Séquito (Entourage, serie de la HBO) y perderé los papeles. Luego volveré a Londres y compondré un álbum brillante”. Pero a partir de esta semana, sus vacaciones tendrán que esperar. “Ha llegado Nueva York”. Allí tiene la intención de “salir, relajarme e investigar nuevas posibilidades”.

¿Es esto una poco sutil alusión a la actriz de Hollywood Kate Hudson? La noche del domingo en Coachella me senté detrás de Bellamy y les vi a él y a una misteriosa rubia intercambiar saludos con Jay-Z y Beyoncé, y luego ponerse íntimos, flirteando, mientras veían a Gorillaz, que cerraban el festival. Después, hablando conmigo, me dijo que era Hudson, con una gran sonrisa. Así que él, Kate, Nueva York? “Jajaja!”, contesta, intentando no reír muy alto, aunque no lo consigue. “Sí, ha mandado a su avión para que venga y me recoja”, añade, en tono de broma. “Me ha dicho, “Ven aquí, ven aquí”, continúa, aunque creo que ahora no está de broma.

Él y Hudson se vieron por primera vez “hace años” en Australia, “y los dos teníamos una relación”. La actriz estaba con su ahora ex-marido Chris Robinson, cantante de Black Crowes; Bellamy estaba con su ahora ex-novia, una psicóloga con la que estuvo siete años hasta que rompieron el pasado septiembre. “Pero esta vez nos hemos visto”, sonríe Bellamy, “y no la teníamos”. Sospecho que tras esas gafas de sol está guiñando un ojo.

Muse son cabeza de cartel en Glastonbury el sábado 26 de junio.

0 8