Estadio de Wembley, Londres, 17 de Junio. El hombrecillo del traje rojo arquea teatralmente una ceja, apunta con su Manson y dispara un riff que sacude el reluciente estadio hasta sus recién puestos cimientos. Los arquitectos del renovado estadio nacional británico deben estar acojonados, pero la multitud está en éxtasis; abalanzándose en oleadas como si les atizaran con una picana; rugiendo con el ascendente y oscuro riff como si fuera God Save The Queen. Y es en este preciso instante, entre la pompa y la furia de Plug In Baby, cuando Total Guitar tiene un momento de claridad. Hace mucho, mucho tiempo que no veíamos a un guitarrista así de bueno. Hacía mucho, mucho tiempo que no escuchábamos riffs que traspasaran tanto los límites. Este concierto es el Woodstock de nuestra generación, y Matt Bellamy es nuestro Jimi Hendrix…

Todos recuerdan la primera vez que escucharon a Matt Bellamy. Para unos pocos afortunados, habría sido en el local de Devon donde él, el batería Dom Howard y el bajista Chris Wolstenholme tocaron su primer concierto como Rocket Baby Dolls en 1994. “Fue un concurso del estilo batalla de bandas”, recuerda el guitarrista. “Íbamos cubiertos de maquillaje en plan gótico, al contrario que todos aquellos viejos. Destrozamos nuestro equipo y ganamos. No éramos muy buenos músicos, así que aquéllo hizo que pensara que la música debía ser más una actitud que una habilidad técnica”.

Para cualquiera que viviera fuera de su pueblo natal, Teignmouth, pasarían otros cinco años hasta que “Muse” significara “una banda de rock” en vez de un concepto de la mitología griega. Para entonces, la fe del fan británico medio había sido sobradamente probada. Era 1999, Travis recogían la carroña del brit pop, y Estados Unidos ofrecía una alternativa incomible con el misógino rap-metal de Limp Bizkit. El milenio se presentaba como un momento difícil par
a los héroes de la guitarra. No había talento, ni una mínima extravagancia, una crónica falta de brillo, y no se veía luz al final del túnel. El apocalipsis habría sido preferible.
Contra ese telón de fondo, Showbiz, el album de debut de Muse, parecía diseñado para hacernos tirar el discman. Ésto no era un album, era una opus, y en su seno había un guitarrista recién llegado que podría ser descrito a grandes rasgos como Eddie Van Halen improvisando con Hendrix en los anillos de Saturno sin miedo de exagerar. Desde el maníaco punteo con tremolo de Sunburn, pasando por las hipnóticas dobles notas de inspiración griega de Muscle Museum, hasta el fantasmagórico punteo neoclásico de Unintended, este hacha de la guitarra se salía de la norma musical del momento. Hasta su forma de cantar era extraordinaria, como un cantante de la ópera de Glyndebourne lamentando el fin del mundo. Al unísono, la nación entera se preguntaba lo mismo: quién demonios es este Matt Bellamy?

No nos llevó mucho tiempo descubrirlo. Cuando Bellamy llegó a las portadas de la prensa musical era tan raro como esperábamos. Un hombre flacucho, con el ceño fruncido bajo un pelo que parecía un nido y que cambiaba de color con la regularidad de un semáforo y que radiaba una intensidad que más tarde le vió coronado como el hombre más sexy del rock por Cosmopolitan. Y a Bellamy no parecía importarle que llamara la atención entre las féminas: “Hace unos años desde luego no teníamos chicas con vestidos de pvc que aparecieran en los conciertos diciendo que harían cualquier cosa por nosotros…”

Pronto resultó que las opiniones de Bellamy eran tan incendiarias como su técnica. Secretos gubernamentales, tablas de ouija, los peligros de dar a luz a un alienígena, teorías conspirativas interestelares… todo valía en cuanto los dictáfonos empezaban a rodar. “¿Se supone que tenemos que creer que un hombre en una cueva de Afganistán orquestó el atentado más increíble de todos los tiempos contra Estados Unidos?”, meditaba Bellamy sobre los atentados del 11-S. “Creo que América necesitaba otro suceso como el de Pearl Harbour para invadir Irak”.

Pero fue en el escenario donde Bellamy verdaderamente cobró vida. Siempre callado entre canciones por su miedo patológico a bromear con el público, un solo acorde transformó al torpe chaval de 21 años en un remolino de pelo y manos, tocando su guitarra con una ferocidad que en un concierto hizo que se partiera la boca, y llevándose la guitarra a la espalda con una espectacularidad que no se había visto desde que Hendrix tocara con los dientes o Van Halen repiqueteara los dedos de ambas manos sobre el cuello de su guitarra. “Cuando era más joven”, decía Bellamy, “fue más el tocar de una manera libre, sin control, improvisada -con muchos fallos- lo que me llevó a tocar la guitarra. Entonces no me interesaba mucho la música clásica. Me gustaba el grunge y Jimi Hendrix”.

Se había pasado el testigo. Pero las semejanzas no acababan ahí. Tal y como Hendrix dividió la opinión pública cuando apareció en Londres en 1966, o cuando Van Halen impresionó al público con su bombardeo escandaloso por primera vez, igualmente Muse atrajo a la nación como un editorial del Daily Mail. A la vez que a Bellamy le proclamaban genio, hablaban de él despectivamente por su histrionismo en el escenario, reservando una especial malicia para sus agudos gritos desafectados (considerados un plagio de Thom Yorke de Radiohead). Quizá tenían su punto de razón. Una vez que se asentó el “polvo estelar” y las ventas mundiales llegaron a 200.000, hasta los más ardientes fans de la banda estaban de acuerdo en que Showbiz fue un debut deslumbrante, pero no igual al talento de Bellamy. Lo que necesitaba Muse era un éxito “supermasivo” para arrasar entre los incrédulos.

En marzo de 2001, Plug In Baby lo cambió todo. Se lanzó para promocionar el segundo album, Origin of Symmetry, y aunque los créditos nos decían que era un humano el que tocaba la guitarra, nuestros oídos apenas alcanzaban a asimilar la neoclásica tríada que abría la canción. En términos de ubicuidad, Plug In Baby era el Johnny B Goode del nuevo milenio, mientras que su nº 11 en las listas británicas representaba un gran avance comercial para Muse.

Los valores de Bellamy crecían, y explotaron con Origin of Symmetry. Fue el disco que entregó lo que Showbiz apuntaba; destilaba influencias tan diversas como la física cuántica y los pianistas del periodo romántico, para luego “escupirles” una clase magistral que iba desde el chirriante dropeado de New Born, a los cristalinos acordes de séptima de Hyper Music. Origin of Symmetry era oscuro, potente e ilimitadamente creativo, una síntesis asombrosa de hombre y máquina. Podría decirse que todavía es su mejor album.

Los locales de los conciertos se hicieron más grandes, y la actuación de Bellamy creció para llenarlos. Desafiaba a la lógica que un guitarrista con ocho dedos pudiera producir esas lúgubres distorsiones, los borboteantes y cósmicos solos que chocaban como meteoritos cuando la banda tomaba el escenario. Pero Bellamy tenía un arma secreta. En vez de los modelos Ibanez que había usado en los primeros años, ahora tenía una colección de guitarras personalizadas, hechas a mano por el luthier Hugh Manson, y que llevan efectos incorporados, incluyendo un control de tono y un wah-wah manual.

“Todas mis guitarras Manson están inspiradas en la Fender Telecaster”, explicó Bellamy, “pero con las pastillas y el sonido de una Les Paul. Todas tienen las mismas pastillas: una Kent Armstrong Motherbucker en el puente y una P90 en el cuello. Tener efectos integrados está genial si te mueves por el escenario, y sobre todo si también cantas”.

Si hubieran sido menos innovadores, se podrían haber decidido por Origin of Symmetry como su sonido característico, pero lo siguiente que nos dió Bellamy fue otra cosa totalmente distinta. Cuando el tercer album, Absolution, llegó en septiembre de 2003, representó su trabajo más audaz, descrito por su autor como “tremendamente denso”.

Justo cuando conseguimos clasificarle, Bellamy de nuevo se escapó de la red. En Stockholm Syndrome y en el atronador primer single, Time Is Running Out, combinó agresividad y gancho mediático. En Blackout creó la balada más deprimente del año. Junto con su calado heroico, la visión de la producción de Bellamy también había cambiado; grabó muchas de sus partes en el campo para conseguir el ambiente apropiado y desglosó los acordes para grabarlos nota por nota.

“Antes me gustaban bastante las guitarras superpuestas”, decía. “Esta vez quería que sobresaliera una sola parte de guitarra y que sonara perfecta. System of a Down me han influido un poco, sobre todo en canciones como Stockholm Syndrome. Me estaba metiendo en ese tipo de riffs rápidos al estilo metal, que es algo que no había hecho antes”.

Absolution vendió más de 2.8 millones de copias en todo el mundo, y si bien otras bandas británicas como Coldplay superarían esa marca, ninguna podría alardear de un guitarrista que inspire tanto como Bellamy. Fue su profundidad lo que iluminó su primer concierto en Glastonbury como cabezas de cartel en el verano de 2004; sus riffs, que monopolizaron la encuesta que hizo Total Guitar en junio de ese año; y sus inquietantes letras, que hicieron que la banda se ganaran dos fechas en Earl’s Court aquel diciembre. Era difícil ver cómo Muse podrían superar ésto.

Por un momento, en 2005, parecía que no podrían, porque las sesiones de grabación de su cuarto álbum en Francia parecían estancadas, y Bellamy confesó que perdieron la cabeza mientras se interesaban por el jazz clásico. Pero Bellamy no sufre sequías creativas. A comienzos de 2006, el guitarrista había redescubierto a su musa en un lugar poco convencional. Un viaje a Nueva York le hizo filtrar los ritmos de la noche de Manhattan en su single de avance de Black Holes & Revelations. “Me iba a discotecas a bailar por Nueva York”, dijo en una entrevista, “y aquéllo ayudó a crear canciones como Supermassive Black Hole, con ese ritmo bailable que se mezcla con una guitarra alternativa”.

Supermassive Black Hole sobresale en un álbum que representa el mayor logro de Bellamy hasta la fecha. Donde los logros anteriores habían distanciado al guitarrista de sus coetáneos, Black Holes & Revelations les dejaba confusos tras su estela: superados, anticuados y desbordados. Desde los sonidos etéreos de Starlight al alocado y violento riff de Knights of Cydonia, no hemos oído un álbum así de experimental desde que Hendrix sacó Electric Ladyland o Van Halen Van Halen. Pedía a gritos el escenario más grande del planeta…

Todo ello nos lleva de vuelta al sudoroso delirio del estadio de Wembley, al clamor de la multitud, y a darnos cuenta de que la figura distante que emite los ensordecedores riffs es ahora mismo el guitarrista más importante del planeta. Lo más emocionante es que aquí nadie sabe hasta dónde llegará Matt Bellamy con la guitarra, ni siquiera él mismo. “Necesitamos traspasar los límites de lo que hacemos constantemente”, apuntó con una sonrisa antes del concierto. “Esta banda podría extenderse al infinito…”
Plug In Baby
Consigue el sonido Matt Bellamy… aunque estés sin blanca!

Si tienes un presupuesto limitado, puedes imitar algunos sonidos de Matt con cualquier unidad de efectos asequible. Matt usa sonidos extremos de una manera controlada, así que evita las distorsiones procesadas y abusa de los efectos fuzz. Pon el pitch a una octava por encima como hace Matt en Muscle Museum y en Sunburn, y añade un eco para conseguir el sonido Muse. Si te sobra algo de dinero, cómprate un pedal DigiTech Whammy (179 libras), un pedal fuzz Foxx Tone Machine (139 libras), y un Line 6 Delay Modeller (219 libras), y tendrás disponibles la mayoría de los tonos de Matt.
Sonidos “supermasivos”
Muse se dan el gusto de hacer unos arreglos magníficos, ningunos como los de Knights of Cydonia…

Aparte de los demenciales riffs, los alucinantes solos y los ritmos apretados, las canciones de Muse son conocidas por su impecable producción, a menudo llena de guitarras adicionales, sintetizadores e instrumentos de orquesta. Uno de los mejores ejemplos es Knights of Cydonia.

Aparte de los timbales, las campanas tubulares y la batería con flanger al principio de Knights of Cydonia, también hay guitarras chasqueantes sin apenas reverberación. El contraste a estos sonidos de rock duro lo ponen las tintineantes guitarras acústicas rasgadas. Pero la intro es sólo el principio; el resto de la canción tiene toda una colección de partes de guitarra que incluye guitarras distorsionadas con trémolo a doble pista. También hay guitarras extremadamente distorsionadas que suenan en acordes bajos, profundos, guitarras que suenan al revés y guitarras limpias llenas de reverberación y retardo, en acordes suaves y tríadas arpegiadas. Hay incluso guitarras con cuerdas silenciadas para realzar la sensación de galope de la, errr, sección galopante. Sin embargo, las estrellas del show son las guitarras de la melodía principal. Están tratadas con distorsión y control de fase, y Matt Bellamy toca las notas mientras “estrangula” el tremolo para producir sonidos exagerados que sólo los chicos de Muse saben hacer.

Todo eso sería suficiente para incluso la más grandiosa de las bandas, pero esta canción se completa con arpegios y sweeping pads. Añade trompetas a la mezcla y suficientes pistas vocales para hacer que la producción de Bohemian Rhapsody de Queen suene insuficiente, y el resultado será verdaderamente enorme.

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